sábado, 27 de diciembre de 2014

El herbario y el testigo del Diluvio

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El Diluvio Universal, ilustrado por Johann Jakob Scheuchzer (1709) para su Herbarium Diluvii
El primer paso requerido para el estudio científico de los fósiles consistía en que los estudiosos del mundo natural reconocieran que los fósiles eran los restos de vida del pasado. En Europa se consideraban a los fósiles como meras curiosidades de la naturaleza producto de los jugos petrificadores, una sustancia para la que pocos tenían alguna explicación.

Tanto Leonardo da Vinci como el ceramista Bernard Palissy habían reconocido que las conchas petrificadas eran los restos de conchas que en su momento estuvieron vivas, indicando que los mares de Italia y Francia antes inundaban las tierras emergidas. Posteriormente, el danés Nicolas Steno comprobó científicamente por vez primera que los fósiles se trataban de cosas que en su tiempo estuvieron vivas. En 1667 estudió un fósil que se conocía como glossopetra, "lengua de piedra", y realizó una comparación detallada con los dientes de un tiburón moderno, el Charcharodon charcharias, demostrando que se trataban de la misma estructura, por lo que glossopetra era en realidad un diente fósil.



La idea del Diluvio
J. J. Scheuchzer en Physica Sacra (1731)
La idea que comenzó a popularizarse con los fósiles era que se trataban de evidencias del Diluvio Universal descrito en la Biblia. En un mundo que estaba fijo y donde se encontraban fósiles en las más altas montañas ¿qué otra explicación resultaba más plausible? Hacia finales del siglo XVII los fósiles ganaron mayor interés, aunque la explicación del Diluvio tampoco era algo bien visto. Si bien en la Europa de los siglos XVIII y XIX el consenso científico adoptaría esta explicación como la más adecuada por ir en consonancia con la Biblia, en su comienzo no se interpretó de esa manera. El concepto del Diluvio Universal y el Arca de Noé era el acto de compasión de Dios por salvaguardar el potencial de la Creación en su totalidad dentro del Arca tras destruirla con un diluvio; aceptar que muchas de las criaturas originales se habían perdido tras el diluvio era incompatible con el acto de compasión.

En un viaje a la campiña de Gloucestershire (pronunciado más o menos *Glostashai), el naturalista inglés John Woodward colectó evidencias fósiles de plantas muy bien preservadas y publicó en 1695 su Ensayo hacia la Historia Natural de la Tierra y los Cuerpos Terrestres, especialmente los Minerales. Su obra incluía por primera vez una explicación para el Diluvio Universal dando a los fósiles el papel central de la explicación: evidencias de plantas enterradas por una gran inundación; distribuida la obra por Europa llegó a las manos de Johann Jakob Scheuchzer, un académico suizo que en aquel momento vivía en Altdorf, Alemania.

Lámina del Herbarium Diluvii
Tras leer el trabajo de Woodward y convencerse a sí mismo de que era la mejor explicación para las fósiles, tradujo la obra al latín, asegurando una mayor expansión de las ideas del naturalista inglés. A partir de ese momento, Scheuchzer continuó trabajando en las ideas de Woodward:
-1708, Quejas y reclamos de los peces, donde aborda detalles sobre los peces fósiles.
-1709, El Herbario del Diluvio, donde describe fósiles de plantas.
-1716, Museo del Diluvio, donde describe las adquisiciones de su colección privada de fósiles.

Los trabajos anteriores permitieron a Scheuchzer reforzar la idea de que los fósiles eran los restos de seres vivos del pasado. La idea del Diluvio Universal como causante de la muerte de muchos de los organismos encontrados comenzó a aceptarse en Europa hacia principios del siglo XVIII.

El testigo del Diluvio

Posteriormente Scheuchzer compró un fósil que provenía de la ciudad de Öhningen, en Alemania. Se trataba de un pequeño fósil de vertebrado al que describió en 1726 en su Lithographia Helvetica como uno de los humanos que perecieron en el diluvio y le denominó Homo diluvii testis, "Hombre testigo del diluvio". En realidad se trataba de una salamandra de 1 metro de largo del Mioceno, pero encontró la semejanza de este hallazgo con el esqueleto de un niño. El fósil no tenía cola y no se podían ver las extremidades, más que la columna vertebral y parte de la cabeza. El fósil Homo diluvii testis se convertía en la prueba definitiva de que la teoría del Diluvio Universal era correcta.


Dibujo de Homo diluvii testis, realizado por
Scheuchzer.


Finalmente, en su obra Physica sacra (1731-1735), Scheuchzer elaboró por completo su idea del Diluvio Universal, donde demostraba que los fósiles eran también una muestra de la magnificencia de Dios y cómo ayudaban a entender que la historia bíblica se podía interpretar de la historia natural. Iniciaba así la Teología Natural. Parte de su obra fue publica póstumamente, pues Scheuchzer murió en 1733.

El testigo del diluvio siguió siendo considerado un niño fosilizado hasta que en 1758 su compatriota Johannes Gessner, también naturalista, le empezó a considerar un pez gato. En 1777, el naturalista alemán Petrus Camper le consideró una lagartija. En 1802, Martin van Marun, inventor holandés curador del Museo Teylers, en Haarlem, Países Bajos, compró el espécimen para su museo. Ahí fue donde hasta el año 1811 el naturalista francés Georges Cuvier pudo estudiarle; tras cortar con cuidado la parte superior del fósil y limpiarlo descubrió que las extremidades anteriores eran en realidad de una salamandra, desechando así el posible origen humano del fósil.

En 1837 el naturalista suizo Johann Jakob von Tschudi nombró oficialmente a la salamandra como Andrias scheuchzeri, donde Andrias significa "con la imagen de un hombre", en alusión a la idea de Scheuchzer como un modo de mantener su legado: los fósiles no son meros deportes de la naturaleza.



En medio, el fósil de Andrias scheuchzeri como quedó tras la limpieza que le realizó George Cuvier. Fotografía toamada por Jane023 en 2012.

Reconstrucción de Andrias scheuchzeri,
por Michael B. H. (2011)


Referencias:
  1. Gaudant, Jean (2009) Johann Jakob Scheuchzer (1672-1733), fossils and Deluge. Berichte der Geologischen Bundesanstalt, 45:12.
  2. Schopf, William (1999) Evolution!: Facts and Fallacies. Academic Press págs 91-96.